La cultura contemporánea, la economía globalizada y los mismos profesores podrían ser un obstáculo para la educación.

Retos actuales que cuestionan la profesión
 del profesor universitario.

Las soluciones van aparejadas de los problemas mismos.

Humberto Rafael Macías Navarro

hmacias@tij.uia.mx  

http://www.tij.uia.mx/~humberto/

Es ingeniero químico administrador por el iteso de Guadalajara
y filósofo con especialidad en ciencias sociales por el Instituto Libre de Filosofía y ciencias de la misma ciudad.

Colabora como profesor en la Universidad Iberoamericana  plantel Tijuana y otras instituciones de la ciudad de Tijuana.

 

¿Ha notado usted la angustia de los jóvenes antes de titularse de la universidad? Ante su nueva perspectiva les sobrecoge la sensación de agresividad del mercado de trabajo y la noción de que no están preparados para ello. Podría pensarse que es sólo un vértigo personal y pasajero, pero me parece que es el resultado de que el sistema educativo, y sobre todo los profesores, no hemos afrontado los retos que impone nuestro tiempo. No es cuestión de entrenarlos para su primera entrevista de trabajo. La punta del iceberg, tiene mucho más en el fondo. En las siguientes líneas pretendo una visión integral de los retos que enfrentamos los profesores y sus posibles soluciones priorizadas. Acompáñeme a esta zambullida por el mundo docente.

 

Retos a quemarropa

De hecho no hay escuela que se considere completa. Siempre sentimos que hace falta equipo, personal, tiempo y conocimientos (además de paciencia...). La carrera tecnológica nos hace sentir que siempre estamos atrasados u obsoletos, la explosión demográfica urge cada vez mayor espacio y pupítres. En la localidad no hay profesores especializados para cada materia que se necesita y  alguna vez se tiene que improvisar y aprender sobre la marcha. Con tantas clases que necesita cubrir cada profesor, no queda tiempo para calificar ni evaluar a fondo, resulta  imposible  asistir a cursos y congresos (de los pocos que se organizan) y los contenidos de las materias, además de excesivamente largos y superficiales,  se perpetúan, hasta que las notas para clase terminan amarillas y quebradizas. Si este panorama parece sombrío, no quiere usted saber lo realmente retante de la profesión.

Cada vez se hace mayor presión sobre el profesor y no siempre se ofrecen soluciones, ni alternativas.

 

Los retos socioculturales.

En nuestra sociedad autourgida de crecimiento económico, la educación se demanda como un satisfactor material más. Se le considera como una mera inversión en capital humano. No se vislumbra realmente como desarrollo personal ni como integración constructiva a la sociedad, sino como mero requerimiento para laborar  o ventajoso trampolín de estatus social.

Realmente la sociedad no le pide a la escuela calidad educativa a fondo y largo plazo, sino resultados inmediatos y contables: Cantidad de memorización, habilidad mecanizada y certificado de prestigio. Todo ello al menor costo económico posible y con la garantía de que se obtengan tales resultados con el sólo hecho de pagar la colegiatura (en el sistema educativo público no está mejor, dado que quien paga y urge esos resultados pragmáticos es la administración política correspondiente; la educación se convierte en dato estadístico para el informe).

“Si no se responde a los retos más importantes que plantea la situación de la docencia hoy, es muy probable que el esfuerzo del mentor sea en vano, o pronto abandone esta noble profesión.”

 

El reto resultante para el profesor es muy difícil y paradójico. Si accede y entrega lo que la presión social le exige (en caso de ser posible...) traiciona su vocación de servicio y educación integral del ser humano. Si desea en cambio resistir y ofrecer un proceso educativo de fondo, se encuentra con la incomprensión de alumnos, padres de familia y muy probablemente de su misma escuela o universidad.

Podría pensarse que este pragmatismo economicista, que condiciona los recursos al proceso educativo, es el resultado de una región donde el comercio, turismo y  transformación maquiladora han dado riquezas sin necesidad de respaldos académicos profundos, sino meramente técnicos. Una buena parte de los hombres y mujeres de éxito que han emigrado y se han asentado aquí, lograron sus empresas con poco currículum teorético y con mucho arte y colmillo. Bien por ellos, pero esto plantea inconscientemente que la educación formal no es necesaria para triunfar en la vida. Esto sería cierto si el éxito económico lo fuera todo.

Pero ésta no es realmente la única, ni la mayor, causa de una visión reducida de la educación.

El problema de fondo no es, sólo, regional. El proceso de globalización económica impone políticas, a los gobiernos y sus sistemas educativos, que ponderan la eficacia de la educación en términos puntuales e inmediatistas. Tan breves y efímeros como su administración. Si bien el modelo de las grandes universidades con afanes de reflexión especulativa está en crisis desde hace décadas, el péndulo global ahora empuja a la dinámica educativa a reducir la educación a un mero entrenamiento eficientista. La tecnologización de las universidades y las alternativas virtuales sin mucho fondo, son algunas muestras de este fenómeno.

La presión economicista es un reto macro, que desde la micro perspectiva de un profesor regional parece imposible de remontar. Los profesores nos vemos en la necesidad de olvidar la vocación de rompeolas, y  aprender a “surfear” para sacar adelante  la generosidad conatural de la profesión. Todavía hay muchos profesores que conciben su labor como ayuda a la construcción de hombres y mujeres completos, no sólo de empleados.

“Cada vez se hace mayor presión sobre el profesor y no siempre se ofrecen soluciones, ni alternativas”.

Pero no cualquier técnica pedagógica resulta efectiva para tocar fondo en el proceso educativo. Hay muchas modas que ofrecen maravillas y no han sido comprobadas. Otras que francamente han quedado reprobadas. Y muchas de ellas habrán de venir y no sabemos efectivamente qué abrigarán entre sus líneas. No se trata de añoranza por el pasado (que no era mejor). Lo difícil es saber si realmente los métodos de enseñanza son educativos. Falta un criterio evidente para evaluarlos. Este es uno de los retos de fondo. En este océano de visiones estrechas hay pocos faros y muchas marejadas.

 

La situación dentro de la escuela.

Los mayores retos para el profesor hoy en día no provienen directamente de la economía.  Los 20, 40, y en ocasiones hasta 50 alumnos que en cada sesión se sitúan frente al profesor es la situación más desafiante por enfrentar.

La eficacia del proceso educativo depende, entre otras cosas, de saber ofrecer y evaluar el proceso de cada alumno. Cada vez es más difícil conocer sus límites y potencialidades. Es imprescindible conocer a aquellos con quienes queremos comunicamos.

Ya no podemos hablar de generaciones (p.e. Los baby boomers, los hypies, los yupies, la generación X...) sino de grupos de jóvenes. Es increíble cómo cambia la situación de un curso al siguiente. No sólo son más distintos en menos tiempo, sino que son más diversos entre ellos mismos. Este es otro gran reto. Tampoco entre ellos hay mucho conocimiento y comprensión. Los grupos naturales son gradualmente más atomizados y  contrastantes. A la dispersión de sus caracteres también se añade una progresiva disminución en las habilidades y conocimientos con las que llegan a nuestro  curso. Esto tiene repercusiones en la vida escolar y en las profesiones que eligen, con o sin éxito, estos jóvenes.

Por ejemplo sigue decayendo la demanda de las profesiones relacionadas con las ciencias positivas y aumentando la solicitud de aquellas consideradas “relacionales”. El discurso de los jóvenes que declinan una carrera retante, que en principio les agradaría cursar, señala pesimistamente que les “resultaría imposible”. Terminan escogiendo negativamente: “la que no tenga matemáticas”. Sin embargo, análisis  recientes parecen mostrar que sí tienen gran capacidad de pensamiento cuantitativo, pero sin cultivar ni explotar.  Esto debido a posibles bloqueos psicológicos inducidos, empezando por la escuela misma, por una cultura que denigra implícitamente las matemáticas y las ciencias y pondera exageradamente lo afectivo inmediatista. Son mentes que podrían brillar y que han renunciado a cultivarse en la dimensión concreto-cuantitativa. La disminución global del nivel académico redunda no sólo en profesionistas con desempleo, sino con escasez urgente de ciertos perfiles y abundancia inútil de otros.

“Lo difícil es saber si realmente los métodos de enseñanza son educativos. Falta un criterio evidente para evaluarlos.”

 

La paradoja no termina ahí. Nuestros jóvenes, que se creen ineptos para las ciencias duras y  proclives a lo social-relacional, están en mayores aprietos en las carreras humanistas.

En general su habilidad de manejo del lenguaje verbal y escrito es menor aún que su habilidad matemática. Lo grave es que no lo saben. No tienen consciencia de ello porque no sienten necesidad de usarla en nuestra cultura hipervisual.

El conocimiento humano está sustentado en el lenguaje y es el vehículo inevitable para cualquier profesión seria. He ahí lo grave y retante. Muchas personas que aprobaron el primer año de primaria no se han vuelto a cuestionar sobre la necesidad de seguir aprendiendo a  leer o escribir. Ni aún entre nosotros los profesores.

Recientemente tuvimos un fenómeno ilustrativo en la Universidad Iberoamericana del Noroeste, entre los  cursos que se ofrecen constantemente para  la actualización para profesores de la región. Afortunadamente hubo muy buena recepción y asistencia para el curso de docencia de las matemáticas con el método concreto-conceptual del Dr. José Luis Moreno s.j. Contrastantemente el taller de Método de enseñanza de lecto-escritura resultó desierto. Al parecer creemos que no necesitamos seguir cultivando nuestra habilidad verbal y escrita. Puede ser que los profesores seamos corresponsables de la pobre lectura, y redacción, de nuestros alumnos. El fenómeno es cada vez más grave.

Para algunos profesores universitarios les pareciera que realizan su labor entre analfabetas funcionales. Sus alumnos no sólo prefieren psicológicamente los medios audiovisuales sobre la lectura, sino que, lo que se ven forzados a leer les resulta críptico.  No pueden imaginar, entender ni resumir, un texto. Mucho menos emiten críticamente su opinión,  ni  aportan  nuevas ideas sobre el tema.

“El reto más difícil para un profesor es darle sentido a su profesión, sobre todo en una situación de desventaja material e ideológica.”

 

Sin embargo, no sólo la televisión o multimedia es responsable del abandono de la lectura. No se puede realizar un curso universitario con puros video-documentales, presentaciones en acetatos, o su versión actual, animaciones computarizadas. Si nos alimentáramos con puras cucharaditas de azúcar terminaríamos gordos y desnutridos. Nuestros conceptos culturales someros y las técnicas educativas pasivas y unidimensionales pueden estar construyendo los propios obstáculos en la educación. La solución no es volver al pasado sino pensar en el presente que se hará futuro.

 

Los retos internos del profesor: los más difíciles de sortear.

Dentro de nosotros mismos están posiblemente los mayores y apremiantes, y sobre ellos tenemos mayor posibilidad  de incidir, y responsabilidad de atender. Si bien se puede sobrevivir dando clases con los retos materiales, sociales y escolares planteados,  pero los cuestionamientos internos que constantemente plantea la actividad docente, son más difíciles de superar. Y de no darles solución, pueden terminar con nuestra actividad profesional. Acabaremos renunciando y buscando otro empleo.

Recapitulo. La sociedad suele denigrar ideológicamente a las personas que se enfrentan a la actividad laboral y “terminan” de profesores. Además de mal pagada, difícil y con escasos recursos institucionales, la labor docente no es apreciada con justicia. Pero cuando el desprecio viene desde el mismo docente, que no es raro, se convierte el ejercicio profesional en frustración evidente.

Analizando con más profundidad: Es superable, de algún modo, que un profesor gane en promedio, menos que un obrero norteamericano, que los contratos de tiempo fijo sean muy escasos y sea necesario peregrinar por varias instituciones educativas antes de terminar un día de clases (situación demasiado común en México) que las relaciones humanas con los grupos sean muy difíciles y trabajar en un sistema educativo que cada vez más necesita una reformulación de fondo. Pero la falta de motivación y sentido a la labor de educar puede frustrar el proceso mismo desde su inicio.

“…es sumamente necesario conocer y tener muy presente el paradigma educativo por el que se apuesta toda esta vida docente.”

 

En palabras de mis propios alumnos (cuando hacíamos académicamente una evaluación al currículum que han vivido): “Lo que apreciamos, y nos queda, de un profesor no es solamente el conocimiento y manejo eficaz de su disciplina, sino muy especialmente su pasión por ella, por enseñar, por la relación con nosotros”. Añadían luego: “Hemos perdido mucho tiempo con materias y profesores incongruentes”. En parte por ello sentían la angustia que mencioné al principio. La falta de sentido de la labor docente no se puede ocultar. Es imposible engañar a veinte o más  personas que cotidianamente se fijan a detalle en nuestra actividad.

Con hallar y conservar el sentido de la labor docente no se garantiza la eficacia de la educación, pero es el cimiento. Tiene que conjuntarse con otros factores.  Además de la motivación personal generosa, y la innegable corresponsabilidad de los mismos estudiantes en su propio proceso educativo, la preparación y habilidad didáctica del mentor es primordial. El reto en ello no es menor.

Es necesario tener una apertura inteligente ante los cambios que necesariamente ocurren, colaborar y aprender mucho de los colegas más experimentados, recuperar y sistematizar los aciertos y errores vividos con cada curso, hacer acopio de materiales, libros,  contenidos teórico-prácticos, habilidades, métodos didácticos etc.  Y finalmente, además de todo ello, es sumamente necesario conocer y tener muy presente el paradigma educativo por el que se apuesta toda esta vida docente. Es el elemento más importante de un modelo educativo. No es evidente porque es la estructura misma que sostiene el proceso educativo (como las vigas de un edificio, que trabajan sin ser vistas). Es lo que da congruencia y efectividad al proceso enseñanza aprendizaje. Lo retante para el profesor es aprender a leerlo y utilizar los métodos y técnicas que sean congruentes con ello.

Si un piloto de pruebas estrella el prototipo por que le ganó la tentación de la velocidad, por encima de la prueba de maniobrabilidad que le encargaron, se le puede calificar de irresponsable (sin cuestionar su excelente habilidad de pilotaje) No entendió la finalidad de la prueba, ni el método planteado. Asimismo, si al educar se plantea que el alumno aprenda a pensar  críticamente y resolver problemas, pero se repiten en clase una serie de recetas “infalibles” y del “más alto nivel”, sin una comprensión profunda del fenómeno integral estudiado, el maestro sería muy responsable del posible fracaso del joven en su futura vida profesional. Pilotear un bombardero con lógica de avión caza es suicida. Educar hombres y mujeres con discurso de humanismo, bien común, excelencia y valores éticos, pero con técnicas extraídas de entrenamiento de vendedores de seguros sería una burla y un fraude. La forma se hace fondo, también en educación.

Si bien la educación es un arte, y la amplia práctica docente es imprescindible para ser un buen profesor, ésta no es suficiente. Hace falta instrucción formal y explícita. Aprender a leer el paradigma educativo con el modelo educativo que quiero colaborar y ser congruente  con ello, requiere zambullirme en filosofía, antropología, epistemología, lingüística, y otras ciencias poco pragmáticas, además de la didáctica misma.

“Educar hombres y mujeres con discurso de humanismo, bien común, excelencia y valores éticos, pero con técnicas extraídas de entrenamiento de vendedores de seguros sería una burla y un fraude.”.

 

Ser profesor no se improvisa, ni nunca termina su formación. Si deseo vivir un proceso de enseñanza integral y considero que el ser humano es el mero producto de su poder adquisitivo, por más eficiente que sea mi labor, será ineficaz. Me equivoqué de prueba, de avión, de paradigma de educación. No es lo mismo entrenar que educar.

Ese reto: conocer y ser congruente con el modelo educativo con el que colaboro es poco conocido pero  primordial.

 

¿Cómo ser profesor y no morir en el intento?

Parecen demasiados retos para un solo oficio. Dada la necesidad del ser humano de ser educado para integrarse a la sociedad, todos los esfuerzos por vencer esos retos están justificados. Sin embargo no es fácil.

La respuesta fundamental para abrir la posibilidad de vencer esos retos es el deseo de enfrentarlos inteligentemente. Esto implica libertad personal, razonamiento, empatía con los demás,  método para trabajar y aprender continuamente.

Habiendo decidido sobrevivir y trascender como maestro, deben  tenerse en cuenta todos los retos que se enfrentan. Eso pretende esbozar este artículo. Habiendo priorizado cuáles enfrentar (son demasiados dragones para un solo caballero) se hace necesaria una estrategia para buscar los medios disponibles para superarlos. Se requiere una apertura al cambio que permita buscar racionalmente, y en equipo, el camino más adecuado. También se necesita deseos de conservar la vocación de mentor.

Me parece que los retos materiales y sociales pueden combatirse con un proceso de profesionalización de la labor docente. No porque no haya excelentes profesores que ya han recorrido una brillante carrera, ni porque haya carencia de instituciones que enseñan a enseñar.  Si no porque culturalmente no es reconocida realmente la didáctica como una profesión.

Ya mencionaba el connotado desventajoso que tiene “terminar de maestro”, la escasez de recursos invertidos socialmente en la educación y la concepción mercantilista que puede tener el “adquirir un título universitario”. Esa ideología implica una visión de la enseñanza como un oficio artesanal, o un paracaídas para protegerse del desempleo. Esto es, connota improvisación y poca seriedad del oficio. No digo que una parte de la imagen sea real, y no se haya ganado a pulso en algunos casos. Por ello pienso que un proceso explícito de profesionalización de los profesores puede revertir esos retos que le impone la sociedad a la docencia.

“La respuesta fundamental para abrir la posibilidad de vencer esos retos es el deseo de enfrentarlos inteligentemente. Esto implica libertad personal, razonamiento, empatía,  método y aprender continuamente.”

 

Ante la escasez de recursos, cabe enfrentarla con uso eficiente y creativo de los mismos. Si la imagen de la educación está devaluada, habrá que hacer notar su aportación irremplazable en los procesos humanos más vitales. Si las condiciones que se plantean en el aula son complejas, tenemos que implementar soluciones no menos elaboradas y efectivas. Si no hay congruencia en los métodos educativos, conviene sentarse colegiadamente a reflexionar, sondear implicaciones y posibilidades, modificarlos para que se aclare el modelo de hombre y sociedad que quieren construir. Si no hay una autovaloración y sentido personal en la labor profesional del docente (y no se desea adquirirlo o recuperarlo), habrá que buscar nuevo empleo en otro giro.

No cualquier método sirve. Hay que renovar lo necesario y conservar lo conveniente. La inteligencia que siente y valora todos los retos presentes puede ser el criterio de discernimiento. El camino, aunque largo, está abierto.

Se necesitan también tácticas concretas. Acciones que realicen la estrategia general de profesionalización, sin traicionar el sentido original de la educación.

Entre estas actividades está la actualización constante y permanente, el trabajo colegiado de los profesores,  el desarrollo de las relaciones humanas sanas, la exploración critica de las nuevas tecnologías. 

Analicemos este último caso, que es muy importante. El “inglés y la computación”,son ganchos mercadotécnicos de la educación. Es decir que la tecnología, en cuanto novedad y ventaja mecanizada, goza de un aura de poder y conveniencia. Pero como toda herramienta, es ambiguo su efecto, si no se les usa consciente y justificadamente..

 ¿Cuáles pueden ser los riesgos de la tecnología como medio educativo táctico? ¿Realmente los hay?

Una muleta puede ser muy útil, pero para una persona sana es un estorbo, en un niño que todavía no sabe caminar, es francamente dañina. La tecnología no suple la inteligencia. Una calculadora potencia el trabajo de un aluno que ya sabe aritmética, pero le estorba a uno que está por aprenderla. Lo hace dependiente del recurso. Internet puede ser un excelente medio de investigación, para quien ya sabe qué busca y cómo hacerlo. Constantemente recibo trabajos de alumnos de 40 páginas que no han leído ellos mismos. Usar las herramientas técnicas y metodológicas sin tener claro su objetivo, potencialidades y limitaciones es ocultar, no enseñar, el conocimiento. La forma es fondo, de nuevo.

“La difícil práctica cotidiana del profesor vivida conscientemente, con pasión, abierto a colaborar profesionalmente con sus colegas en la formación plena de los seres humanos, puede redundar en  mejores condiciones para él mismo y del género humano.”

Una táctica que puede apoyar en la profesionalización y justipreciación de la imagen social del docente es el modelaje. Seguir a los mejores profesores (sin imitarlos), colaborar en su equipo, conferir con ellos. Contra el concepto negativo del profesor improvisado conviene difundir y emular a aquellos que han tomado muy en serio su vida magisterial. Recuerdo ahora al padre jesuita Bernard Lonergan, quien para desarrollar un método teológico sólido, construyó primero toda una epistemología científica y filosóficamente fundamentada, para que las aportaciones que surgieran de sus alumnos fueran una real aportación al pensamiento humano. Fue el origen de su obra más prestigiada: Insight (Entendimiento). Conviene difundir la labor de los profesionales.  El modelo educativo de la Universidad Iberoamericana tiene mucho de lo propuesto por este pensador profesional.

Consciente, metódica y libremente, se puede avanzar ante estos retos.

Para cambiar la imagen de improvisación en la educación, se necesita que los profesores vivamos constantemente en apertura al mundo y conservación de su cultura profunda, con interés en utilizar con pensamiento crítico los contenidos y la práctica docentes. Como decían los estudiantes, la pasión del profesor es lo que más influye en ellos. La difícil práctica cotidiana del profesor vivida conscientemente, con pasión, abierto a colaborar profesionalmente con sus colegas en la formación plena de los seres humanos, puede redundar en  mejores condiciones para la supervivencia del género humano, y de él mismo.

Humberto Rafael Macías Navarro

hmacias@tij.uia.mx  

http://www.tij.uia.mx/~humberto/

Es ingeniero químico administrador por el iteso de Guadalajara
y filósofo con especialidad en ciencias sociales por el Instituto Libre de Filosofía y ciencias de la misma ciudad.

Colabora como profesor en la Universidad Iberoamericana  plantel Tijuana y otras instituciones de la ciudad de Tijuana.